nos movemos en el aire del soliloquio en la jaula de bejucos con fiera a bordo y tití grita que grita para que no le hagan mala cara y lo dejen irse hasta la copa del árbol a gritarle obscenidades a las cotorras en legión y guacamayas haciendo una fiesta de colores para que los ojos no se olviden del cielo ni del arte del vuelo en las grandes esferas de transparencia y viento de oro con briznas que son golondrinas que son cartas de amor que son canciones de un niño extraviado en la inmensidad de un relámpago mientras los venados contemplan a la perdiz alejarse hacia la fronda de muchísimos arbustos caminos abiertos por animales que andan en manada como el saíno piénsese en el olvidado ponche en la soledad del armadillo tan evasivo del sol parece que nos espiara desde su túnel en la montaña por donde se mueven los hijos del tigre y sus hermanitas menores ya listas para saltar sobre un animalito correlón pero no tanto como ellas tan precisas en sus dentelladas
no nos queda mas remedio que sentarnos sobre una piedra a esperar al perico ligero o perezoso para saber todo acerca de la paciencia y la abolición del tiempo que es algo parecido a la eternidad contemplada por la iguana inmóvil de éxtasis místico viendo el origen de las tormentas y la explosión de la luz
los músicos del aire son las flores que flotantes semejan señoritas vestidas con un manto de pájaros en el parque donde la gente el domingo deambula soñando castillos de crispetas y caminan como si viajaran en alfombras de mariposas para que los poetas se inspiren mientras un caballo sacude con el rabo las moscas del aburrimiento
Un hilo de música nos extravía en grutas. Animales de sangre caliente resoplan en nuestros oídos.
Nos movemos a tientas, casi asfixiados de pánico; casi paralizados por la inseguridad del próximo paso, por el presentimiento de un abismo y estalactitas de filoso alabastro atravesando el cuerpo.
Chillidos de pájaros ciegos chocan en las abruptas superficies.
El estrépito del río subterráneo hace imaginar la furia de una fiera a la que le han arrancado los ojos.
Queremos la luminaria, la gozosa manifestación de una estrella, el tapiz de soles en la negrura sideral, en la bóveda celeste de la caverna, paladar de la boca de un gigantesco animal que nos devora.
Olvidamos cómo dar el próximo paso, por la acción de un vacío que nos deja mudos
Seguimos rutas de súbitos recodos. Canciones nos recuerdan ceremonias ya olvidadas. Donde la montaña es casi azul, el río semeja el lomo de un relámpago.
La mantis religiosa yace muerta y las flores de manzanilla son una constelación en la soledad del arado. Raíces filiformes son cabezas de mandrágora; cabecitas de hombres decapitados, con los signos del terror en sus rictus mortis.
Una horda de animales monstruosos nos puede visitar en los instantes más difíciles del viaje psylosibinico. Allí se descubre que el aquerón es una interzona de realidad por la que es inevitable pasar, para que el ojo se rebase a sí mismo; para comprender los grandes esfuerzos del sol, su cópula con la tierra como un abuelo incestuoso al que le arrojan carretas de trigo y caderas en sazón.