Un hilo de música nos extravía en grutas. Animales de sangre caliente resoplan en nuestros oídos.
Nos movemos a tientas, casi asfixiados de pánico; casi paralizados por la inseguridad del próximo paso, por el presentimiento de un abismo y estalactitas de filoso alabastro atravesando el cuerpo.
Chillidos de pájaros ciegos chocan en las abruptas superficies.
El estrépito del río subterráneo hace imaginar la furia de una fiera a la que le han arrancado los ojos.
Queremos la luminaria, la gozosa manifestación de una estrella, el tapiz de soles en la negrura sideral, en la bóveda celeste de la caverna, paladar de la boca de un gigantesco animal que nos devora.
Olvidamos cómo dar el próximo paso, por la acción de un vacío que nos deja mudos
Seguimos rutas de súbitos recodos. Canciones nos recuerdan ceremonias ya olvidadas. Donde la montaña es casi azul, el río semeja el lomo de un relámpago.
La mantis religiosa yace muerta y las flores de manzanilla son una constelación en la soledad del arado. Raíces filiformes son cabezas de mandrágora; cabecitas de hombres decapitados, con los signos del terror en sus rictus mortis.
Una horda de animales monstruosos nos puede visitar en los instantes más difíciles del viaje psylosibinico. Allí se descubre que el aquerón es una interzona de realidad por la que es inevitable pasar, para que el ojo se rebase a sí mismo; para comprender los grandes esfuerzos del sol, su cópula con la tierra como un abuelo incestuoso al que le arrojan carretas de trigo y caderas en sazón.
Ángel de alas concéntricas que son párpados extendidos al delirio de la nube que hacia ti avanza para cubrirte con su alfabeto tornasol de briznas de agua
Desde el cenit te ves flotando
Frente a ti te ves atado a la tierra con un cordón de espinas
La tierra quiere detenerte y tu delirio es el sol
Flotación y Gravedad te disputan por los dones de tu milagro porque eres un enigma con forma de torbellino en reposo a cuya aparición le anteceden manos que domaron a los monstruos de Arborescencia
Esas manos acariciaron la espina y de esas nupcias brotaste pleno de mensajes cifrados en tu silencio
Tu actitud es la de quien escucha las lisonjas del sol el cíclope pelirrojo
Los himnos a tu fragilidad de umbela de éter serán entonados con acordes de rocío cuando tus alas se desprendan y ya no esté el altar de tu figura